Presentación del niño en el templo Lc. 2, 22-35
También nosotros queremos presentarnos ante el Señor con sencillez, alegría y gratitud.
Haz que vivamos con esperanza perseverante y que nos dejemos guiar por este niño , luz que nunca se apaga y camino seguro de paz.
La Presentación muestra a un Dios que se deja encontrar en lo cotidiano:
unos padres que cumplen la Ley, un anciano dócil al Espíritu y un Niño frágil que trae salvación. Simeón bendice, profetiza y anuncia también una espada para María: la gloria pasa por la cruz.
La Navidad madura en el templo de la vida diaria –casa, trabajo, comunidad–, donde bendecimos, ofrecemos y discernimos.
Ver a Jesús es dejar que su luz revele consuelos y contradicciones, y seguir adelante con paz.
Hoy pidamos ojos para reconocer sus signos, labios para bendecir y manos para sostener a quienes atraviesan la noche.
Nos dice san Juan de la Cruz:
«Este toque que el Amado hace al alma a veces, aun cuando ella está más descuidada, enciende el corazón en fuego de amor, fuego que abrasa, enciénde la voluntad en amar, y desear, y alabar, y agradecer, y reverenciar, y estimar, y rogar a Dios con sabor de amor».
Simeón había recibido una promesa de Dios, él vería al mesías antes de morir. Sin embargo, sus días estaban llegando a su final y parecía no haber indicio de la promesa divina.
Sin embargo, Simeón era un hombre «justo y piadoso» y en él «moraba el Espíritu Santo»; Simeón era un hombre que sabía esperar y confiar en el Señor. Más de una vez se habría preguntado si aquella promesa se cumpliría; tal vez vaciló y tuvo sus caídas en algún momento, pero siempre supo renovar su amor y confianza en el Dios que nunca le había fallado.
"Dios nunca falla, aunque parezca que se nos van los días, e incluso los años, sin una respuesta.Aunque parezca que no podemos esperar más por la solución a nuestros problemas, Dios siempre cumple con sus promesas.
Pero nosotros debemos esperar confiadamente y estar abiertos. Qué error tan grande es el intentar buscar soluciones por nosotros mismos; muchas veces, por intentar resolver el problema, terminamos empeorándolo.
Sólo cuando nos ponemos en las manos de Dios y esperamos su respuesta es cuando, en verdad, podemos seguir adelante confiando en que vamos por el camino correcto y podremos «ir en paz, porque nuestros ojos han visto al Salvador.»
Cuánto bien nos hace, como Simeón, tener al Señor “en brazos”. No sólo en la cabeza y en el corazón, sino en las manos, en todo lo que hacemos: en la oración, en el trabajo, en la comida, al teléfono, en todas partes.
Tener al Señor en las manos es el antídoto contra el misticismo aislado y el activismo desenfrenado.
Vivir el encuentro con Jesús es el remedio para la parálisis de la normalidad, es abrirse a la cotidiana agitación de la gracia. Dejarse encontrar por Jesús, ayudar a encontrar a Jesús: este es el secreto para mantener viva la llama de la vida espiritual." papa Francisco.
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