EL ASOMBRO DE MARIA
La Anunciación (Lc 1, 26-38)
Qué hermosa y sorprendente noticia irrumpió en un día aparentemente cotidiano. Quizás María estaba en la fuente donde solía ir por agua, cuando Dios la esperaba allí a través del ángel Gabriel, enviado para encontrarse con esta joven virgen que vivía en la humilde y pobre ciudad de Nazaret.
María ya tenía sus propios planes: estaba prometida a un joven llamado José. Pero aquel día quedó profundamente sorprendida por la gran noticia. El ángel entró en su presencia y le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Estas palabras la desconcertaron; quedó impresionada, sin comprender su significado, y se preguntaba qué podía esconderse tras aquel saludo.
Su asombro fue aún mayor cuando escuchó que era la favorecida de Dios y que iba a quedar embarazada. Podemos imaginar el desconcierto y el temor de una jovencita de unos quince años al recibir de repente semejante anuncio, siendo virgen. Viendo su inquietud, el ángel continuó diciéndole que no tuviera miedo, que daría a luz un hijo al que llamaría Jesús, el Hijo del Altísimo. Sería grande, gobernaría para siempre a todos los pueblos y su Reino no tendría fin.
María, manteniendo la calma, respondió desde su sinceridad: ¿cómo podría suceder aquello si no había tenido relación alguna con su prometido José? ¿Cómo podía quedar embarazada siendo virgen? Ese era su desconcierto.
El ángel le dio entonces una respuesta que la dejó aún más sobrecogida: sería obra del Espíritu Santo. El Espíritu descendería sobre ella y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra. Por eso el hijo que nacería sería santo y sería llamado Hijo de Dios. Y, para fortalecer su fe, añadió otra noticia: su prima Isabel —considerada estéril— también estaba embarazada, ya en su sexto mes, porque para Dios nada es imposible.
Con un corazón abierto y disponible, aun sin entenderlo todo, María confió plenamente y aceptó. Dio la respuesta que el ángel esperaba:
«Yo soy la servidora del Señor; hágase en mí según tu palabra».
Después de estas palabras, el ángel se retiró.
María se convierte así en morada de Dios; la Trinidad entera habita en ella en el misterio de la Encarnación. El Espíritu Santo descendió sobre ella, el poder del Altísimo —el Padre— la cubrió con su sombra, y por eso el Hijo que nacería sería santo, verdaderamente el Hijo de Dios.
Qué hermoso, Madre, poder contemplar este misterio de la Anunciación. Con un simple “sí” a Dios, con una actitud humilde y confiada —«hágase en mí según tu palabra»— no pusiste obstáculos. Te abandonaste completamente a los planes de Dios.
Comentarios
Publicar un comentario