II Semana de Adviento.Llamada a dar frutos de conversión.Ciclo A
II Domingo de Adviento
(Ciclo A)
En esta segunda semana de Adviento encendemos la segunda vela, la vela de la esperanza. Se nos invita a vivir una esperanza activa; es un tiempo de espera, pero también de caminar.
No es un tiempo pasivo:
➡️ Es un tiempo para ponerse en pie, revisar la vida y mirar hacia dentro para preparar el corazón para la llegada del Señor.
➡️ Se nos llama a una verdadera conversión, desde una renovación y transformación interior.
➡️ Se nos presenta la figura de Juan Bautista.
¿Quién era Juan Bautista?
Primo de Jesús, vestido de manera muy particular: llevaba una piel en la cintura y un manto de pelo de camello. Su alimento eran langostas y miel silvestre.
Juan Bautista era “la voz que clama en el desierto” (Mt 3,1-3).
El desierto es símbolo de silencio, verdad sin adornos pero sin herir, equilibrio, despojo de lo superfluo y encuentro íntimo con Dios.
Hoy, el desierto puede ser nuestra propia vida cuando nos sentimos secos, cansados o confundidos. Pero incluso ahí Dios habla con más claridad. Su voz sigue resonando donde menos lo esperamos.
Por eso, Adviento nos invita a entrar en nuestro desierto interior y dejar que Dios nos hable.
– ¿Qué ruido interior no me deja escuchar al Señor?
– ¿A qué desiertos me llama Dios para reencontrarme con Él?
➡️ Estamos llamados también a ser voz en medio de nuestros desiertos personales y sociales; voz que anuncia, que prepara el camino desde una actitud de conversión.
“Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.”
No es solo un anuncio: es una urgencia.
El camino no se prepara solo con palabras, sino con decisiones y cambios reales.
II. Conversión: no emoción, sino frutos
Juan Bautista predicaba palabras que tocaban el corazón. Su mensaje central era:
«Renuncien a su mal camino, porque el Reino de los Cielos está cerca.»
Multitudes venían a verlo desde Jerusalén, Judea y toda la región del Jordán. Confesaban sus pecados y se hacían bautizar por él en el Jordán.
Cuando vio venir a fariseos y saduceos, les dijo:
«Raza de víboras, ¿cómo piensan escapar del castigo que se acerca? Hipócritas, muestren frutos de sincera conversión. De nada sirve decir: “Abrahán es nuestro padre”.»
Y añadió:
«Dios puede sacar hijos de Abrahán de estas piedras. El hacha ya está puesta a la raíz: todo árbol que no da buen fruto será cortado y arrojado al fuego.»
Juan decía:
“Den frutos de conversión” (Mt 3,8).
Es decir, gestos concretos: con quienes conocemos y con quienes no, incluso con quien más nos cuesta.
Implica decisiones reales: reconciliarnos, romper con los caminos del egoísmo, la indiferencia y la doble vida.
La conversión no es solo “sentirme mal por mis pecados”, sino cambiar de dirección.
Hoy Juan nos diría:
– De nada sirven las tradiciones si el corazón no cambia.
– No basta venir a misa si no dejamos que el Evangelio ilumine nuestras decisiones.
– No basta decir “yo creo” si no perdono, no escucho o no sirvo a quien me necesita.
La conversión no es un discurso: es un estilo de vida.
III. La esperanza del Mesías
Juan anuncia la venida de alguien más grande que él:
“Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego.”
El fuego purifica, ilumina y calienta.
Adviento es recordar que Jesús viene a:
– purificar lo tibio y dividido de nuestro interior,
– quemar el egoísmo,
– encender la fe apagada,
– darnos su Espíritu para comenzar de nuevo.
No caminamos solos. No es solo esfuerzo humano: es gracia.
Dios no viene a condenar, sino a renovar.
Como Juan Bautista, estamos llamados a ser indicadores de la venida del Señor, preparando el camino para que muchos puedan conocerlo.
IV. ¿Qué significa hoy preparar el camino?
1. Reconciliarse
Perdonar, pedir perdón y dejar de alimentar rencores que nos enferman.
La reconciliación abre caminos a Dios.
2. Simplificar la vida
Menos ruido, menos prisas, menos compras.
Más oración, más silencio, más presencia.
3. Adoptar un estilo de vida de “desierto”
Ser hombres y mujeres de desierto siguiendo el modelo de Juan Bautista:
un hombre austero, despojado de lujos y seguridades;
pobre y humilde, sin buscar fama ni aplausos;
hombre de oración, atento a la Palabra;
misionero que anuncia la llegada del Mesías.
La Palabra de Dios vino sobre él porque vivía en el silencio, a la escucha.
Hoy también se nos invita a ser voz que, con nuestra vida, anuncie la llegada del Señor y prepare el camino para que otros puedan encontrarlo.
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